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 Durante mi residencia virtual en la Escuela Experimental de Arte (EAT), las impresiones volvieron al espacio urbano para dialogar con los lugares que les dieron origen: aparecer brevemente, respirar el entorno y reactivar las memorias vegetales que aún persisten en la ciudad.

Las ubicaciones surgieron en mis recorridos cotidianos: el Parque de las Naciones, la Plaza Malvinas y una plazoleta del Centro Cívico. En cada sitio, las telas funcionaron como presencias efímeras —estandartes, banderas, rastros— que devolvían al espacio público la huella de los tocones.



 
En la Plaza Malvinas, la bandera de tocón izada en los mástiles disparó lecturas sensibles: una mujer dijo que veía “una montaña nevada”, algo en transformación, como una nube que cambia de forma.
En el Centro Cívico, la impresión colocada frente al propio tocón se volvió casi espectral: apenas registrada por quienes atravesaban la zona en auto o moto.
En el Parque de las Naciones, el estandarte dialogó con los restos arbóreos dispersos y la mirada curiosa de quienes pasaban.




Estas intervenciones mínimas reabren un vínculo entre huella vegetal y territorio urbano. Permiten que lo que cayó vuelva a hacerse visible, aunque sea por unas horas, y que la ciudad revele sus fisuras, sus ausencias y la posibilidad de otros relatos que emergen más allá del ras de la tierra.