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Una impresión es un encuentro: un tacto que deja huella en ambos cuerpos.

Las impresiones se originan en el contacto directo entre materiales —tierra, algodón, tocón— donde la huella es una forma de lectura: un testimonio que emerge de la fricción, del roce, del estar literalmente en relación.




Los tocones actúan como matrices aún vivas, arraigadas al suelo. Sus tallados —marcas humanas hechas para impedir el rebrote— revelan un intento de control que contrasta con la persistencia vegetal. La dificultad para desprenderlos del terreno obliga a habitar los tiempos del árbol: un ritmo lento, profundo, que no coincide con la aceleración humana ni con las urgencias urbanas.

Cada impresión no busca representar al tocón, sino registrar su estado material: la textura que deja el proceso de descomposición, la forma que insiste pese a la tala, el contacto como ritual urbano.

Las telas crudas de algodón, ligadas al cuidado y a la envoltura protectora, capturan aquello que la vista no puede registrar, y también son parte del sudario. Lo que aparece es un testimonio sensible, una evidencia de lo que persiste bajo la superficie ordenada de la ciudad.